Desayunar Microdosis de psicodélicos: La nueva tendencia entre los ejecutivos de élite.

¿Podemos llevar los psicodélicos al suceder diario y acrecentar nuestro desempeño? ¿O bien es esto una aberración, un disparate de la esencia dionisíaca y plutónica de estas fuertes substancias que estremecen el ánima y sacuden la tierra?

“La dosis hace el veneno”, afirmó célebremente Parecelso, el enorme alquimista suizo. Hay una frontera muy sutil entre lo que hace que una substancia sea asimilada por el cuerpo sin sobresaltos y pueda cruzar la barrera de la sangre de forma equilibrada sin provocar avatares y producir un ramillete de efectos colaterales. En el caso de los psicodélicos, los psiconautas occidentales viven bajo la repercusión de Terence McKenna y otros proselitistas de la “dosis heroica”. McKenna pensaba que uno debía tomar fuertes dosis de DMT o bien hongos psicotrópicos, solos en la obscuridad (quizás con una niñera que no estorbe, ni figure) para asegurarse de tener una experiencia transformadora, disolver fronteras y cruzar cara lo numinoso-fantástico –por la vía del pavor o bien el mysterium tremendum, donde los duendes y las entidades metamórficas (como balones-diamantes de básquet que se regatean solos) te reciben con una porra y afirman hooray (como esta canción de Pink Floyd). Y no cabe duda de que por lo menos en lo que concierne a novatos que procuran rasgar el velo de las ilusiones y saber de qué se tratan los psicodélicos este semeja ser el mejor camino para continuar. De otra forma posiblemente uno no logre cruzar, no llegue al mundus imaginalis y no descubra que existen múltiples realidades. La medicina psicodélica opera en este sentido a través del shock y no del equilibrio. Reformatea la visión de planeta, lo que deja una transducción de información que en ciertos casos puede arreglar y depurar la comunicación entre células. Al fin y al cabo, una experiencia psicodélica es una forma de publicidad espiritual que se propaga en todo el cuerpo. Cambia la señal que emitimos y el agobio al que sometemos al organismo. Algo como una aplicación de la psique que activa un proceso de autosanación.

Dicho esto, ciertos psiconautas están abogando por un empleo más funcional, más integral y ligero de los psicodélicos. Tomar pequeñas dosis de LSD, hongos o bien mescalina de tal modo que uno pueda seguir con su vida rutinaria, solo con una cierta agudeza sensorial, con mayor curiosidad o bien ánimo y un brillo en las cosas apenas observable. Sosteniendo la dosis apenas en el umbral, a fin de que sea una capa pragmática y controlable. Emplear los psicodélicos como estimulantes para trabajar, estudiar o bien gozar de los placeres sensuales, de igual forma que utilizamos el té, el café o bien el chocolate. El psiconauta Thad McKraken ha estado efectuando una serie de ensayos, los que narra en Disinfo, en los que ha empleado microdosis de psilocibina para efectuar actividades rutinarias –leer, redactar, ir a un concierto– y en su caso otras no tan rutinarias, puesto que semeja tener una fascinación por estados de telepatía inducida y encuentros hipnagógicos. McKraken ha intentado aun suplantar su dosis diaria de café de manera expresa con psilocibina:

Todo el día después sentí una sensación de leve alegría rondando el perímetro de mi conciencia. Duró hasta el momento en que me fui a la cama, nuevamente haciendo que evitara mi habitual tasa de café de la tarde. En las diez o bien más veces que he estado ensayando con esto, no he detectado efectos negativos, alén de una pequeña inquietud. Nada de resaca. Realmente lo opuesto. Al otro día me siento mejor.

McKraken no es el único que ha probado estas mieles más reservadas de los psicodélicos. En el lugar High Existence charlan sobre lo que el psiconauta James Oroc considera es una tradición segrega entre atletas de deportes extremos: utilizar LSD en microdosis como doping para progresar la concentración o bien como una suerte de supervitamina (para la stamina). Cómete solo el cuartito. Esto semeja ir en el sentido que tanto le agradaba a McKenna, quien pensaba que los psicodélicos eran una ventaja evolutiva. Acostumbraba a refererir los estudios de la década de los setenta de R. Fischer con psilocibina, los que supuestamente mostaron que el ingrediente activo de los hongos mágicos en pequeñas dosis podía progresar la agudeza visual. Conforme la nota, las microdosis tienen los próximos efectos:

-mejoran el estado anímico

– mejoran la capacidad de concentración

-mayor apertura sensible

-se aprecian más los detalles, las texturas

-el estomago se puede sentir pesado, la panza inflada

-parálisis por sobreanálisis

-riesgo de crisis sensibles acumulativas

-son geniales para el sexo o bien para oír música

Este acercamiento a los psicodélicos semeja entornar una puerta ineludible que probablemente ya están explorando los ejecutivos de Silicon Valley: emplear los psicodélicos no solo como revienta creativa, sino más bien como nootrópicos funcionales, pan iridiscente de día tras día. Es bien difícil saber que tan simple va a ser domesticar a las bestias mágicas de las plantas de poder si bien se tomen solo en pizcas. McKraken imagina pastillas de psilocibina en todas y cada una de las estaciones de servicio. Algo que me recuerda el hábito encontrado entre camioneros por la zona del desierto de San Luis Potosí que combinaban mescalina o bien mordidas eventuales de peyotes con Cafiaspirinas y Coca-Cola para manejar por días seguidos. En ocasiones las luces se hacían muy grandes y la carretera tenía túneles nuevos, mas normalmente la libraban bien.

Siento cierta ambivalencia dada esta práctica de tonificadores psicodélicos. Por un lado semejan sintonizar la busca alquímica del elixir o bien la Pastilla Dorada de la Inmortalidad, que no era efectivamente una substancia que dejase al adepto en un estado de embriaguez incontrolable con secuelas y efectos secundarios. El elixir era una substancia que podía tomarse a diario, podía aun utilizarse para adobar el agua o bien los comestibles como una sal universal, siendo una coagulación del espíritu de la naturaleza. Lo que hacía más que purgar o bien desplazar el punto de encaje de la percepción era sostener al organismo en homeostasis. No producía grandes visiones enteógenas, sino era la continuidad de la obra alquímica, tierra fértil para poder seguir el trabajo de amontonar conciencia y energía. El elixir probablemente era tal, asimismo, por el trabajo del adepto, el proceso era una parte de su beneficio. No estoy seguro si los psicodélicos califican en este sentido como elixires, si bien me semeja interesante que se explore el camino de la microdosis. Psiconautas un tanto más zen. Haciendo ensayos sutiles. El trabajo de la percepción sutil como punto de inicio y puente cara la continuidad entre el sueño y la vigilia. ¿Desayunar un caballo de ayahuasca rebajada con dos gotas de oro monoatómico? ¿Alguien? Para ya antes de tu junta.

Mi duda viene mediante Erik Davis, entre los grandes antropólogos de nuestra era. En uno de sus podcasts de Expanding Mind, Davis se pregunta si el papel de los psicodélicos es estar siempre y en toda circunstancia a las afueras, jalándonos cara otros mundos y otros sistemas de percepción y realidad. Cumpliendo con la necesidad de cuestionar y crear cierta fricción creativa contra la realidad usual y la percepción consensual. O sea, el poder de estas plantas mágicas existe fundamentalmente en los márgenes, en las zonas liminales, en la obscuridad que alumbran, y si los integramos a la sociedad, los hacemos una parte del mercado, los hallamos ya en el Seven Eleven y nuestro seguro lo paga perderían su cualidad enigmática, psicopómpica, de donde viene su asociación chamánica y de manera profunda terapéutica. A fin de que operen en su temible esplendor deben representar un peligro, una experiencia fuera de lo ordinario que nos hace encararnos con la sombra arquetípica. Los psicodélicos son, por definición, lo que nos enseña la mente, y la mente pertenece sobre todo al inframundo, al val de las sombras, al planeta de los sueños, no al planeta solar, socialmente admitido, civil y burgués, donde no se habla de la muerte. ¿Podemos llevar a la muerte al almuerzo y hacerla una parte de nuestros intercambios diurnos? Históricamente los psicodélicos eran una parte de una tecnología y una mitología ritual, como ocurría en Eleusis con el ergot o bien con la ayahuasca, que significa “liana o bien viña de la muerte”. ¿Qué tanto puede la cultura pop capitalista integrar estas prácticas sin destruirlas, sin arrancarles el ánima? No tengo las contestaciones (las preguntas son lo psicodélico).

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